De oídas supe que él era uno de los primeros seleccionados para colonizar Marte. Al principio no creí los rumores, no creí que los gringos fueran a elegir a un inmigrante para ese viaje, pero resultó ser cierto, al tipo lo habían elegido. Llevabamos años sin hablar, siete u ocho años; no sabía qué rumbo había tomado su vida, ni siquiera sabía que le interesaba el espacio, sin embargo con sinceridad le deseé suerte, al fin y al cabo no era un mal tipo. Con seguridad se merecía el viaje.
Los preparativos para el viaje duraron meses, la prensa estuvo atenta documentando cada detalle, incluso, prepararon un perfil de cada cosmonauta mostrando su lado humano; así completé el vacío que nuestro distanciamiento había dejado en la historia que yo conocía: no había tenido hijos, seguía casado con la misma mujer y se había inscrito en el programa espacial para hacer realidad; según él, un viejo sueño de niño. No era así como yo lo recordaba. El mismo que alguna vez me llamó hermano, ahora era para mí un extraño.
Todo el ruido mediático del viaje me hizo pensar en contactarlo, pensé que sería un buen momento para acercanos, desearle suerte en su aventura, y tal vez, si había oportunidad, hablar de lo sucedido. Deseché la idea de inmediato, temí ser tildado de oportunista, sobre todo por su esposa, a quién varios señalamos como la culpable de nuestro distanciamiento. Pensé que más adelante, a su regreso de Marte, habría tiempo de intentarlo.
La tarde del cuatro de julio del 2036, cuándo las transmisiones en vivo mostraron al transbordador estallar en pezados ante la mirada atónita de casi todos los habitantes de la tierra, no solo se perdieron ocho vidas valiosas y la oportunidad de la raza humana de colonizar nuevos planetas; yo, en silencio, había perdido para siempre la oportunidad de tomarme un café con un viejo amigo para hablar de aquello que nos había distanciado. Lamentaré siempre no haberlo intentado.