Tatiana Munevar es la más beligerante, me mira a los ojos y me increpa:
—Ya me diste un nombre y un alma briosa, ¿Me vas a dejar así a medias?—
Intento responderle, tartamudeo un par de excusas tontas, pero no puedo completar mi respuesta, desde el fondo del salón, Eloisa Fontes me interrumpe, hermosa, me mira de arriba a abajo con su ojos grandes y con un portugués dulce pero cargado de rabia me enfrenta:
—¿Qué le vas a pedir a este Tatiana?. Si ya sabe cómo terminaré pero no ha sido capaz de sacarme de aquella playa—
Las miro con vergüenza y agacho la mirada.
Rapunzel, entra al salón por la puerta a mi espalda, sin titubear me llama cobarde, me reclama no haberla sacado del todo de ese cliché tonto de que una chica como ella solo servirá para puta; giro y le refuto, le digo que la puse en un call center, pero ella me reclama haberla puesto en brazos del hombre equivocado. Le digo que eso es posible, que no tiene nada de malo; ella me recrimina, me dice que le parece que sigo alimentando estereotipos. No sé que contestarle, los demás murmuran y me miran.
Desde la otra esquina del salón, Barba Azul vestido de policia y Genaro Bazán, murmuran entre ellos mientras me señalan; seguro se rien de mi cara de espanto cuándo intento sacarlos del pantano al que yo mismo los he llevado. A su lado, Esteban y su muñeca se miran como un par de enamorados, aparentan no prestar atención a lo que sucede y parecen ignorarme. A mi espalda, escucho el reclamo de Tavo y Uncle Richie que me juzgan por no haberlos publicado. Aunque el ambiente del salón es tenso, solo Fernando y Deyanira se rien, es la primera vez que se encuentran a solas y hablan con desparpajo de los regalos secretos de Fernando. Los miro y sonrío, harían una pareja perfecta, pero he decidido mantenerlos separados. Ojalá aprovechen este rato.
Suena mi celular, es el arquitecto; me menta la madre y me dice que lo saque de la Matrioshka, dice que hace un calor infernal y que tiene cosas por hacer, le pido calma y paciencia, mientras tanto, Sebastian a señas me dice que hay algo en su historia con Rebeca que no le convence, que le ve algo raro; cuelgo la llamada con el arquitecto y accedo a revisar mis notas con él.
La charla con Sebastian es extensa, nos movemos entre lo filosófico, lo real y lo posible, no nos ponemos de acuerdo en un nombre para la tecnología que usa Rebeca, pero concluimos que podemos obviar varias escenas e ir al grano; Sebastián me exige un compromiso, pero cuándo estoy por darle un estimado, Juan de Dios me toca el hombro y me pregunta si en realidad él sigue siendo él o si debería presentarse como Neftalí. Los tres nos miramos en silencio, la pregunta de Juan de Dios es compleja.
Juan Fernando rompe el silencio del grupo y se nos acerca riendo, mira a Sebastián y a Neftalí mientras me señala:
— ¿No se dan cuenta que todo es culpa de este marica y su obsesión con los alter egos?—
Sebastián y Nefatalí se miran, aprueban con la cabeza y casi al unisono dicen que Juan Fernando tiene razón. Los miro con severidad, les recuerdo que en realidad no sabemos si quien habla es Juan Fernando o Ricardo, que no podemos confiarnos del todo en lo que dice un tipo que no tiene claro quién es. Debo disculparme con Neftalí, por tratar de zafarme de Juan Fernando lo herí a él también con mi comentario.
Neftalí me mira con tristeza mientras me dice:
— Tal vez, escritor, el problema es que todos tenemos algo tuyo y casi a todos nos has dejado a medias —
Tal vez yo, pienso, al igual que ellos, sigo estando a medias.