La cosa, semana a semana nos impone un relato, un relato de moda, uno que debe contarse hasta el cansancio, de cualquier forma posible para no sentirse un extraño.
Todo gira en torno a aquel relato, las conversaciones entre amigos, las publicaciones y las fotos en las redes sociales, el mercadeo, los memes, las noticias: todo sirve para alimentarlo.
Y la cosa, ahí, sentada, sonriente, fascinada; viendo cómo nos distrae lo irrelevante, lo superfluo, lo innecesario. La cosa está encantada, se divierte con nuestra ceguera, se ríe al ver cómo ignoramos los relatos importantes, los que nos tocan, los que nos afectan, los que nos llenan de vida; los que deberían interesarnos.
Pero cuando la cosa nos siente cansados, cuando detecta un dejo de hastío, nos renueva el relato, nos grita en la cara que ahora lo importante es esto y no aquello, que debes opinar al respecto, para ser incluido, que para poder hablar con alguien, hay que contar de cualquier forma posible aquel nuevo relato.
El ciclo es infinito y a la cosa, le divierte y le conviene.