Hace falta un bar, uno de esos al que llegan los poetas mediocres a lamentar el anónimato de unos versos mal compuestos; uno de esos bares al que lleguen los escritores anónimos a quejarse de sus textos ignorados, un bar de esos al que llegamos los aspirantes a cuentero a lamentar la ausencia de público.
Allá quiero estar, con los olvidados, con los perdedores, con los que han fracasado en casi todo, con los que somos expertos en nada, quiero hablar de versos mal compuestos, quiero hablar de novelas olvidadas, quiero hablar con soñadores agobiados de realidad. Quiero conversar con los fracasados, quiero hablar de mis cuentos malogrados.
Conversar con ellos es conversar conmigo mismo, es hablar de poemas rotos, de textos incomprensibles de, cuentos mal contados de ilusiones lejanas, de ilusiones rotas.
Yo, lo que quiero es un bar, uno de ambiente bohemio al que se pueda ir los jueves, uno de música rara y de cerveza artesanal, uno de esos al que vamos los ilusos a hablar de empresas imposibles, condenadas al fracaso desde antes de nacer. Lo que hace falta es un bar.